En los últimos años, el biogás ha pasado de ser una tecnología casi desconocida para el gran público a ocupar titulares en medios nacionales y regionales. España, tradicionalmente fuerte en solar y eólica, ha empezado a mirar con más atención a este recurso energético que permite convertir residuos orgánicos en energía y fertilizante.
Sin embargo, el despliegue de grandes plantas de biogás en España —las llamadas macroplantas— ha generado un creciente rechazo social en distintas comunidades autónomas.
La pregunta es inevitable: ¿está el problema en el biogás o en el modelo con el que se está implantando?
El rechazo social: no es la energía, es la escala
En numerosas zonas rurales de España, vecinos y plataformas ciudadanas han mostrado su oposición a proyectos de grandes plantas de biogás. Las denuncias se repiten:
- Aumento del tráfico pesado para transportar residuos.
- Olores persistentes.
- Posibles impactos sobre la salud pública.
- Sensación de desequilibrio territorial.
Lo relevante es que el rechazo no se dirige contra la energía renovable en sí. El biogás, como concepto, es bien valorado: recicla residuos, produce energía y reduce emisiones. El conflicto surge cuando se plantea en formato macroindustrial.
Las macroplantas requieren enormes volúmenes de residuos para ser rentables. Esto implica coordinar a múltiples productores (granjas, industrias agroalimentarias, municipios) para garantizar un suministro continuo. El resultado es una compleja logística de transporte diario de residuos orgánicos a gran escala.
Y aquí aparece uno de los principales focos de polémica: los olores.
El problema de los olores: una cuestión de modelo
Conviene ser claros y rotundos: el problema de los olores no es inherente al biogás. Es consecuencia directa de la escala y de la desvinculación entre quien genera el residuo y quien lo gestiona.

En las macroplantas:
- El residuo recorre kilómetros antes de ser tratado.
- No siempre es 100% orgánico ni homogéneo.
- El productor está completamente desvinculado del proceso de reciclaje.
- Se acumulan grandes cantidades antes de su digestión.
Cuando el residuo no es estrictamente orgánico o llega en condiciones inadecuadas, el proceso pierde eficiencia. Lo que sale de la planta —el digestato— puede no estar completamente estabilizado. De ahí los episodios de olores y las quejas vecinales.
La alternativa: biogás descentralizado y autoconsumo
Frente a este modelo, en España está emergiendo una alternativa: las microplantas de biogás descentralizadas para autoconsumo.
¿Qué cambia en una microplanta?
- Se instala en la propia empresa, granja o explotación agrícola.
- No se transportan residuos: se tratan en el mismo lugar donde se generan.
- No se acumulan grandes volúmenes, se ingresan los residuos en el momento que se generan, evitando que se generen olores desagradables.
- El residuo es 100% orgánico y trazable.
- El biogás se consume in situ.
- El fertilizante resultante es 100% orgánico y se reutiliza localmente.
Aquí el productor no está desvinculado del proceso: es protagonista. Sabe qué introduce en la planta y es el primero en beneficiarse del resultado.
Economía circular real: energía y fertilizante para quien recicla
El modelo descentralizado cambia la lógica económica y social del biogás.
En lugar de grandes infraestructuras que concentran residuos de múltiples orígenes, las microplantas convierten cada explotación en un nodo de economía circular:
- El residuo se transforma en energía para reducir la factura energética.
- El digestato se convierte en fertilizante orgánico de calidad.
- Se eliminan los costes y emisiones del transporte.
- Se evita el rechazo vecinal.
Es simple: hay que poner a las personas en el centro del modelo energético. Porque quienes generan el residuo —ganaderos, agricultores, industrias agroalimentarias— son auténticos héroes y heroínas del reciclaje. Si reciclan correctamente, deben recibir el valor que genera ese proceso: energía y fertilizante.
¿Por qué este modelo genera menos rechazo?
Las microplantas no provocan la contestación social que sí despiertan las macroinstalaciones.
Y la razón es simple:
- No hay tráfico masivo de camiones.
- No hay olores ni acumulaciones externas de residuos.
- No hay residuos de terceros.
- No hay desequilibrios territoriales.
Se trata de instalaciones pequeñas, discretas y adaptadas a la realidad de cada empresa. El residuo entra en el sistema prácticamente en el momento en que se genera, se digiere adecuadamente y el producto final está correctamente estabilizado. Sin olores. Sin conflictos.
El futuro del biogás: más pequeño, más local, más humano
Cuando una infraestructura se percibe como impuesta y ajena al territorio, el rechazo es inevitable. Pero cuando la solución nace del propio tejido productivo, genera beneficios directos y elimina externalidades negativas, la percepción cambia radicalmente.
El biogás no es el problema. El problema es el modelo de concentración.
Desde Miogas defendemos una revolución silenciosa: microplantas en el lugar donde se genera el residuo, energía para quien recicla y fertilizante 100% orgánico que vuelve a la tierra. Un ciclo completo, local y sin olores.
Porque la verdadera transición energética no se mide en megavatios, sino en confianza social.
¿Quieres verlo tú mismo?
Te invitamos a visitar una de nuestras plantas en funcionamiento en Madrid y comprobar cómo el biogás puede ser 100% local, orgánico y sin olores.